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Estados depresivos en las personas migrantes – 3º Parte

la propuesta de encuentro
Ilustración del libro: TAN, Shaun (2006). Emigrantes. Bárbara Fiore Editora.

Desarrollo: Visión diacrónica y sincrónica

Cada época de la humanidad se manifiesta en una forma de enfermar y la sanación sólo depende un 5% de la acción médica[4]. Por esta razón resulta indispensable abordar la migración a la luz de la historia y de los factores externos e internos que promueven la tristeza, la angustia y la contrariedad en lo que se vive y en lo que se hace.

Las migraciones desde una perspectiva histórica

Todos los días, millones de criaturas nacen a una vida de caminar, de volar, de correr. Son animales migratorios, viajeros natos. Desde las mariposas monarcas hasta las enormes ballenas jorobadas, la vida depende de la capacidad de desplazarse de estos viajeros.

El ser humano también es y fue un animal migratorio. Uno de sus aspectos más fascinantes es su capacidad para desplazarse, asentarse y adaptarse en casi cualquier lugar del planeta, al margen de sus condiciones climáticas. La historia de la humanidad es, en gran medida, la historia de millones de personas caminando a lo largo del mundo en busca de un lugar mejor en el que vivir.

Durante los primeros 125.000 años de su presencia en la tierra, el ser humano pobló África, luego Oriente Medio y después el sudeste asiático. En Europa la presencia humana está fechada hace unos 700.000 años. El poblamiento del continente americano, uno de los episodios del pasado que más controversia suscita, según la tesis más aceptada por los antropólogos, fue de cazadores asiáticos que llegaron desde las tundras siberianas hace unos 15.000 años a través del estrecho de Bering.

Alrededor de 8000 a. de C., la revolución agrícola del Neolítico permitió que algunas comunidades se hicieran sedentarias en Asia Menor y la cuenca del Mediterráneo, foco de las primeras civilizaciones. Pero el impulso viajero no menguó. Por esas fechas, sucesivas partidas de pueblos con lenguas similares agrupados bajo la denominación de indoeuropeos empiezan a poblar Europa. Su paulatina conversión de cazadores‑recolectores en agricultores elevó la demografía y provocó nuevos movimientos de población. Hacia 2200 a. de C., estos pueblos se desplegaron por el continente; las migraciones hacia el sur (Creta, Chipre, Tesalia) dieron origen al mundo grecolatino, mientras que en el centro y oeste proliferaron las tribus celtas y germánicas.

Durante el primer milenio a. de C., los griegos y fenicios navegaron por todo el Mediterráneo, creando asentamientos en el norte de África, Italia y España. Por esa época, el desarrollo de las primeras ciudades -polis- provocó también un movimiento migratorio del campo a la ciudad que luego se ha dado en todas las civilizaciones.

Tras el Imperio romano y las invasiones bárbaras, los vikingos tomaron el testigo viajero y con sus drakkars navegaron mares y ríos en numerosas expediciones de exploración y conquista. Invadieron Irlanda y Gran Bretaña, arribaron a las costas de Canadá, atacaron varias localidades gallegas y penetraron por el Guadalquivir hasta Sevilla.

Los avances geográficos y técnicos permitieron el traslado controlado de personas a las nuevas colonias ultramarinas, bajo la dirección de los gobiernos o a cargo de compañías mercantiles. Las naciones europeas -España, Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, Alemania- se expandieron por África, Asia y desde 1.492, sobre todo, por América. Cifran en 100.000 el número de españoles inmigrados a la América hispana durante el primer siglo colonial (1492‑1600). Sin embargo, a partir de la emancipación de los Estados americanos a inicios del siglo XIX, hasta la primera mitad del XX, se produjo el mayor trasvase de población de la Historia.

las gestiones
Ilustración del libro: TAN, Shaun (2006). Emigrantes. Bárbara Fiore Editora.

En esos años se ocuparon casi todas las tierras despobladas del mundo, en un movimiento libre de obstáculos legales, incentivado por los estados de los países de acogida. Era un fenómeno de tipo individual, no regulado por los gobiernos, sino alimentado por los propios emigrantes: gente impulsada por el sueño de hacer fortuna o, al menos, de alcanzar una vida mejor.

Hubo migraciones dentro de Europa, desde el Sur (Italia, España, Grecia) hacia el Norte (Francia, Reino Unido) y del Este (Rusia, Polonia) hacia el Oeste (Alemania), pero la mayoría miraba hacia la otra orilla del Atlántico. Las migraciones europeas tomaron un carácter realmente masivo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la Revolución industrial que transformó las economías de algunos países de Europa occidental, en primera fila Inglaterra, Alemania y Francia, mayoritariamente rurales, en economías de carácter industrial.

Estados Unidos, donde a inicios del siglo XX entraban 1.300.000 extranjeros al año, fue el primer país en acoger oleadas masivas de inmigrantes, ejemplo que luego seguirían Australia, Canadá, Argentina, Brasil y Uruguay; estas tres últimas naciones recibieron a 12 millones de personas, sobre todo italianos, españoles y portugueses hasta 1940. Muchos asiáticos también emigraron a América, especialmente japoneses a Brasil y chinos a EE UU. Sin embargo, el grueso de la emigración de ese continente se produjo a países vecinos: unos 14 millones de chinos se marcharon a Indonesia, Tailandia, Malasia o Vietnam.

Hoy, aunque el espíritu que mueve a los inmigrantes del siglo XXI es en el fondo muy parecido al que llevó en el siglo XIX y primera mitad del XX a miles de europeos a América, hay grandes diferencias entre ambos grupos humanos. Lo único que nuestros tatarabuelos y abuelos sabían del Nuevo Mundo era que se trataba de una tierra de oportunidades a la que podrían acceder sin problemas y en la que casi con toda seguridad vivirían decentemente. Para la mayoría de los inmigrantes actuales, ese pensamiento resulta en una desilusión o frustración.

Las migraciones de carácter político también son relevantes. Se traducen en migraciones masivas de poblaciones, algunas de las cuales desaparecen casi totalmente de los lugares en que tradicionalmente vivían. Entre las más importantes, si se puede establecer una jerarquización, hay que hablar de las migraciones de judíos de la Europa del Este, ahuyentados por las persecuciones durante todo el siglo XIX. Este fenómeno clásico de exacerbación de los odios y de la utilización del racismo en un contexto general de transformación de las sociedades europeas encontró su paroxismo con la Segunda Guerra Mundial y la tentativa de exterminio sistemático de judíos llevada a cabo por los nazis. En algunos países, como por ejemplo en Polonia, los judíos han desaparecido prácticamente. El genocidio perpetrado por los turcos y los kurdos con los armenios entre 1915 y 1923 tuvo consecuencias similares. El siglo XX es rico en acontecimientos políticos y militares que obligaron a pueblos enteros a huir. Ningún continente ha estado exento de estos fenómenos, que son otros tantos problemas no resueltos que prometen crear conflictos en el futuro: palestinos, saharauis, etc.

En 1976, sólo 6 de cada 100 países habían adoptado medidas legales para reducir la inmigración. En 2001, aún antes de los sucesos del 11 de septiembre, casi la mitad lo había hecho. Hoy, los titulares de medios y los discursos políticos más votados tienden a endurecer las legislaciones nacionales como un método de atajar la creciente inmigración. Para los gobiernos, la migración, se convirtió en una válvula de escape del creciente problema del desempleo y del abandono del campo en los países de bajos ingresos. Sin embargo, en los últimos años, en los medios masivos de información y en la opinión pública se está dejando de ver al extranjero desde una óptica laboral para vincularlo a cuestiones más policiales. Cada vez hay más inmigración clandestina, potenciando y encareciendo el tráfico de personas, un horrendo negocio que, según estiman, produce a quienes lo practican más de 7.000 millones de euros de beneficios al año y que, a menudo, se alimenta también de los extranjeros que han entrado normalmente en el país, pero que no pueden renovar por problemas legales sus permisos de trabajo y de residencia.

Concluyendo, los desplazamientos y cambios de residencia de grupos humanos de unas zonas a otras han sido constantes desde la remota prehistoria. Nomadismos, invasiones, peregrinajes, expediciones comerciales y colonizaciones han construido el mundo y el ser humano que hoy conocemos.

Factores que condicionan negativamente a la salud mental

A pesar de las dimensiones de la problemática, tanto en número de personas involucradas como el grado de trastornos que ocasiona, se ha trabajado poco acerca de las consecuencias en la salud mental de los desplazados, refugiados y migrantes. Quizás la migración por sí sola no es causa directa de deterioro de la salud mental; es la situación del empleo, las condiciones de vivienda, los acontecimientos traumáticos antes, durante y después de la migración, los motivos suficientes para conducir (por lo menos) a la angustia psicológica.

Se han estudiado las dimensiones sociales de la migración y se han establecido tres fases a las cuales se han relacionado trastornos psíquicos. Como se puede ver en estas tablas que fueron elaboradas por el Reporte Harvard:

FASES DE LA MIGRACIÓN​ PRECIPITANTES DE LA ANGUSTIA​ CONSECUENCIAS EN LA SALUD​
Preparación del viaje​

Escasez ambiental
Degradación ambiental
Condiciones económicas pobres
Escasez alimentaria
Hambre, sequía
Imposibilidad de hacer la vida
Violencia
Persecución política
Violaciones sexuales
Alzamientos sociales
Pérdidas familiares

Hambre
Desnutrición
Trauma
Discapacidad física
Depresión
Ansiedad
Miedo

Viaje y separación

Separación de familia
Separación de la sociedad
Violencia
Violaciones sexuales
Colapso de los soportes sociales
Pérdidas familiares

Pena
Depresión
Miedo
Ansiedad
Trauma

Asilo

Amenazas de repatriación
Condiciones de vida no hospitalarias
Desempleo
Escasez alimentaria
Servicios de salud inadecuados

Desnutrición
Enfermedad
Desamparo
Depresión
Angustia

Reinstalación

Desempleo y subempleo
Aislamiento social
Problemas de aculturación
Lazos sociales limitados
Prejuicio
Barreras de lenguaje
Conflictos intergeneracionales
Marginación

Depresión
Ansiedad
Suicidio
Delincuencia entre adolescentes
Violencia
Conflictos familiares y generacionales

Muchos estudios concuerdan en que todo emigrante:

  1. Vive un proceso de duelo por la pérdida de elementos muy significativos:
    • La familia y los seres queridos. Los migrantes dejan aquello que quieren y que les es familiar, en especial sus seres queridos como hijos, pareja, padres, parientes y amigos. No saber cuándo los verán nuevamente, o si volverán a verlos, les causa tristeza y preocupación. También es más difícil para los migrantes obtener apoyo emocional en momentos difíciles cuando están lejos de sus hogares.
    • La lengua. En ocasiones las personas migran a países donde se habla otro idioma y si la persona no conoce o domina este idioma se le hará más difícil el adaptarse, encontrar trabajo y realizar tareas cotidianas.
      La cultura. Cada región o país tiene valores y costumbres diferentes que en ocasiones chocan con la cultura propia del migrante y hacen más difícil la adaptación. También es común que el migrante eche de menos cosas muy propias de su lugar de origen como la música, la comida, las fiestas, el sonido de los ríos, el color de los campos, el olor a pan fresco, las bandas de música de los pueblos.
    • La tierra. Los paisajes, los colores, los olores, la temperatura cambian de un lugar a otro y el estar alejado de esos lugares familiares puede causar algo de estrés, todavía más si los cambios son drásticos, como por ejemplo una persona que ha vivido siempre en una región tropical y que emigra a un lugar con inviernos fuertes, nieve y temperaturas bajo cero.
    • El estatus social. El acceso o falta de acceso a ciertas oportunidades en el lugar de destino, como trabajo, vivienda, servicios de salud, servicios sociales, el estatus migratorio de la persona (tener papeles o no), entre otros, puede determinar el nivel de estrés en que vive un migrante. También, si es una persona que en su lugar de origen tenía un estatus social medio o alto, con un trabajo profesional, y al emigrar se ve obligada a vivir en condiciones más bajas y realizar trabajos diferentes a su profesión, este cambio puede crear mayor estrés.
    • El contacto con el grupo de pertenencia. En ocasiones el migrante se enfrenta a situaciones de rechazo en el lugar de destino, por el hecho de pertenecer a una cultura o raza diferente o simplemente por el hecho de ser migrante. Al mismo tiempo, el migrante puede sentirse incómodo al verse y sentirse diferente a los demás, por no “pertenecer” a ese grupo y, por echar de menos a “su gente”.
    • Los riesgos para la integridad física. El viaje migratorio puede ser largo, peligroso, y estar lleno de incertidumbre, sobre todo cuando las personas migran sin la documentación necesaria. Pueden ser objeto de abusos físicos y mentales por parte de quienes los cruzan, de las autoridades, o de bandas de asaltantes que aprovechan el estado de indefensión de los migrantes. También, dependiendo de la forma en cómo se emigre y por dónde se realice el viaje, el migrante puede enfrentarse a otros peligros de la naturaleza como deshidratarse en el desierto, congelarse en las montañas, ser atacado por animales salvajes y venenosos, ahogarse al cruzar ríos y canales o al hacer el viaje por mar en balsas endebles o sobrecargadas.
  2. el nuevo hogar
    Ilustración del libro: TAN, Shaun (2006). Emigrantes. Bárbara Fiore Editora.
    Su proceso de adaptación a la cultura del país anfitrión presenta cuatro alternativas básicas:
    • Integración. El individuo se maneja de forma adaptada en ambas culturas dependiendo de las personas con las que interacciona. Es la adaptación más adecuada y que menos se asocia a problemas psicoemocionales.
    • Asimilación. Se rechaza la cultura de origen y se adopta completamente la cultura anfitriona. Va a producir serios problemas con la familia y el entorno del país de origen, así como una sensación de «estar incompleto». A menudo, es la expectativa de los habitantes del país receptor.
    • Separación. Se niega la cultura receptora y se mantiene íntegramente la cultura de origen, pero para ello necesita aislarse en guetos con escasa interacción con la cultura anfitriona.
    • Marginación. Los individuos rechazan ambas culturas y se convierten en marginados. Los trastornos de salud son máximos.

Los factores que condicionan este proceso son varios:

    • La semejanza de las culturas: facilita la adaptación porque minimiza el choque cultural.
    • La receptividad de la cultura anfitriona: puede variar desde abierta y receptora hasta claramente xenófoba.
    • La edad del individuo: los adolescentes tienden a realizar una asimilación, negando la cultura de origen, para parecerse más a su grupo de edad, que mayoritariamente pertenece al país huésped. Las personas mayores son propensas a adaptarse mediante la separación, negando la nueva cultura y parapetándose en la propia. Los individuos de edades medias son los que más fácilmente realizan procesos de integración de ambas culturas.
    • La personalidad del individuo: influye en su adaptabilidad al cambio y los mecanismos de afrontamiento a utilizar.

Las migraciones hoy día nos recuerdan cada vez más a los viejos textos de Homero. Según la mitología griega, descrita por Homero, Ulises era un semidiós que, sin embargo, a duras penas sobrevivió a las terribles adversidades y peligros a los que se vio sometido; pero las personas que cruzan hoy las fronteras son tan sólo personas de carne y hueso que sin embargo viven situaciones tan o más dramáticas que las descritas en el libro de la Odisea. Soledad, miedo, desesperanza…

…”y Ulises pasábase los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiros y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando incansablemente”…
[13: Canto V].

“Ulises, para protegerse del perseguidor Polifemo, le dice: “Preguntas cíclope cómo me llamo (…) voy a decírtelo. Mi nombre es nadie y nadie me llaman todos”…
[13: Canto IX].

En los últimos cinco años y coincidiendo con el endurecimiento generalizado de las leyes de extranjería, ha habido un aumento de estos trastornos, sobre todo entre quienes viven situaciones más dramáticas y tienen mayores dificultades para ver cumplidas sus expectativas.

Achotegui, con un grupo de psiquiatras de Barcelona, ha bautizado a esta patología como Síndrome de Ulises. Algunos de los síntomas que engloban a este padecimiento propio de los inmigrantes son ansiedad, depresión, trastornos disociativos y psicosomáticos e incluso trastornos sicóticos. Según estima el equipo médico, dicho síndrome aqueja a gran parte de los 3 millones de inmigrantes ilegales que viven en la Unión Europea, si bien en este contexto, discriminado hasta por las estadísticas, cualquier dato cuantitativo es incierto.

¿Cuáles son las dificultades (estresores) que dan lugar al Síndrome de Ulises?

  • La separación forzada de los seres queridos.
  • El fracaso del proyecto migratorio y la ausencia de oportunidades: no tener papeles, no encontrar trabajo o tener que trabajar en condiciones de explotación.
  • La lucha por la supervivencia: dónde alimentarse, dónde dormir.
  • El miedo, el terror: peligros que se viven durante el trayecto, el miedo a ser detenido y deportado, malos tratos, abusos sexuales, indefensión.
el nuevo hogar
Ilustración del libro: TAN, Shaun (2006). Emigrantes. Bárbara Fiore Editora.

¿Qué factores incrementan a los estresores?

  • La multiplicidad: a más estresores mayor riesgo, los estresores se potencian entre ellos.
  • El tiempo: cuando las situaciones extremas afectan al inmigrante durante meses o incluso años.
  • La ausencia de control sobre los estresores: el que el inmigrante no vea cómo salir del túnel oscuro en que se halla.
  • La falta de redes de apoyo social, o el desconocimiento de las ayudas o facilidades y programas que existen.
  • El diagnóstico erróneo: se le trata como enfermo depresivo, psicótico, o somático, recetándole medicamentos que traen efectos secundarios y de esta manera el sistema de salud en lugar de ayudar, se convierte en un problema más para el migrante.

¿Cuáles son los síntomas relacionados con el Síndrome de Ulises?

  • tristeza
  • nerviosismo
  • irritabilidad
  • molestias en los huesos y las articulaciones
  • llanto
  • insomnio
  • fatiga
  • preocupaciones excesivas y recurrentes
  • tensión
  • dolores de cabeza
  • dificultad para concentrarse
  • desorientación

¿Es una enfermedad?

No, se ubica en el límite entre los problemas de salud mental y las enfermedades de salud mental.

Estado emocional equilibrado

Problemas de salud mental (estrés, nerviosismo, tristeza)

Síndrome de Ulises

Trastornos o enfermedades mentales (ansiedad, depresión, estrés postraumático)

Crisis de salud mental (peligro para sí mismo o para otros)

Ahora bien, la propuesta de Achotegui hace más foco sobre los elementos externos que en los internos. Es cierto que las situaciones externas influyen sustancialmente sobre las condiciones internas para afrontar la migración, el carácter que ésta adquiere, las consecuencias que puede desencadenar y las formas de su posible elaboración. Pero de la misma manera y con igual importancia, debemos recordar que, frente a las mismas circunstancias externas, la personalidad previa, las características psicológicas predominantes y el momento vital generan diferentes experiencias.

León Grinberg y Rebeca Grinberg (1984) nos hablan de distintos tipos de ansiedades:

·         Persecutorias frente al cambio, lo nuevo, lo desconocido;

·         Depresivas que dan lugar al duelo por lo abandonado y las partes perdidas del self; y

·         Confusionales por fracaso en la discriminación entre lo «viejo» y lo «nuevo».

Consideran a la disociación como principal mecanismo: lo «bueno» en un extremo y lo «malo» en el otro. Cuando fracasa esta disociación, surge inexorablemente la ansiedad confusional, muchas veces vivida como un castigo por el impulso migratorio, por el deseo de «conocer» un mundo distinto.

También añaden que la experiencia migratoria no es una experiencia traumática aislada, sino que incluye una constelación de factores determinantes de ansiedad y pena. Afirman que es bastante general que haya un «período de latencia» variable entre la migración y sus efectos detectables, así como los «duelos postergados». Citando a G. Pollock[5], apuntan que en cada historia personal puede haber factores que sin ser traumáticos en sí mismos, pueden funcionar como predisponentes para que sucesos que no son traumáticos para otros puedan desencadenar respuestas factibles de perpetuarse si se está permanentemente expuesto a su repetición, produciendo efectos de situación traumática crónica. Sostienen que la calidad específica de la reacción frente a la experiencia traumática de la migración es el sentimiento de desamparo, riesgo más intenso si en la infancia se han sufrido situaciones importantes de carencias y separaciones.

Consideran a la migración como una experiencia potencialmente traumática, caracterizada por una serie de acontecimientos traumáticos parciales y que configura, a la vez, una situación de crisis. Esta crisis puede haber sido el disparador de la decisión de migrar, o bien su consecuencia. “Si el yo del emigrante, por su predisposición o las condiciones de su migración, ha sido dañado demasiado severamente por la experiencia traumática o la crisis que ha vivido o está viviendo, le costará recuperarse del estado de desorganización […] Por el contrario, si cuenta con capacidad de elaboración suficiente, no sólo superará la crisis, sino que, además, ésta tendrá una cualidad de «renacimiento» con desarrollo de su potencial creativo”.

Dos factores omitidos en los estudios sobre el tema

En los estudios hallados sobre la migración y la salud mental no se destacan dos factores que considero son importantes condicionantes para que puedan manifestarse vivencias depresivas:

  • La vulnerabilidad como una cualidad peligrosa y estática: si percibimos los hechos desde la creencia polarizada de entender a la vulnerabilidad sólo como un peligro, al mundo como un lugar donde no se puede confiar, pondremos en marcha y sin descanso a todos los artilugios de defensa del ego. Se enquistarán emociones como el miedo, la ira, la preocupación, la tristeza, en detrimento de la confianza, el amor benevolente, la decisión, la alegría.
  • Percepción restringida, lineal y faltalista del tiempo: si ignoramos lo eterno (aión en la Grecia antigua, Yong en la China taoísta), si sólo visualizamos al tiempo como Krónos, nos percibimos limitados y en carencia. Nuestra creencia traga y aniquila nuestra potencialidad creadora, estamos anudados con una vivencia del tiempo amordazada. Posiblemente creamos que ya no «tenemos» tiempo, que nuestro pasado nos determina, que hemos llegado «tarde», que hemos fracasado y fuimos incapaces de «tomar» la oportunidad (kairós)… De esta manera bloqueamos a la potencialidad del tiempo, nos cerramos a la conciencia de que todo es impermanente y a que cada instante (nyn) es un presente que el Universo nos hace y que nosotros podemos también ofrendar. Olvidamos que, en tanto emanación del universo, portamos y aportamos todos los misterios y potencialidades de él, especialmente la capacidad de resurrección feliz.

La des-identificación con los propios pensamientos nos permite volver a la condición original, a la realidad de nuestra vida en unión con todo el universo, a la no dualidad. Al estar en armonía con la verdadera naturaleza de nuestra existencia aparece una verdadera libertad interior.

Las preguntas derivadas son: ¿cómo cultivar la confianza básica y desautomatizar la percepción mercantil, lineal y fatalista del tiempo? ¿cómo despertar al ser estelar que inter‑somos?

[4] José Luis Padilla (2015)

[5] Éste señala que las experiencias traumáticas deben ser vistas siguiendo tres líneas, tomando en cuenta las «tres P»: predisposición, precipitación y perpetuación.

Te agradezco tu opinión